En 2009 llegó a casa una computadora usada, sin conexión a internet. Para mí era un mundo entero: pasaba horas explorando música, juegos y todo lo que ese equipo me permitía descubrir. Hasta que un día dejó de encender.
Ese apagón fue, en realidad, el comienzo. Con nueve años me puse a investigar cómo funcionaba por dentro e intenté repararla. No lo logré, pero quedé fascinado al ver cómo, una vez conectadas, todas las piezas cobraban vida.
Antes de terminar la preparatoria, me propuse montar un servidor Debian con DHCP, DNS y un sitio web. El reto no era configurar cada servicio por separado, sino lograr que trabajaran juntos para que mi página pudiera abrirse desde otros equipos de la red local. Ahí entendí que ya no me bastaba con comprender las computadoras: quería construir soluciones sobre bases sólidas.